
Uno de los inconvenientes de la lista era lo remoto del pueblo. No había cobertura para móviles, ni ADSL. La televisión funcionaba vía satélite, lo que se traducía en una imagen algo borrosa. Aquí uno no podía ir al supermercado en un momento porque se había dejado algo, porque el establecimiento más cercano estaba a una hora de camino, con lo que Cate hacía el viaje cada quince días y cargaba toneladas de comida. El médico de los niños también estaba a una hora de camino. Cuando empezaran a ir a la escuela, tendría que hacer ese trayecto dos veces al día, cinco días a la semana, lo que significaba que tendría que contratar ayuda para la pensión. Incluso recoger el correo implicaba un esfuerzo. En la carretera principal, a más de diez kilómetros de distancia, había una larga hilera de buzones rurales. Cualquier persona que supiera que iba a pasar por allí tenía la obligación de coger el correo que toda la comunidad quisiera enviar y recoger lo que hubiera en los buzones, lo que significaba tener que llevar siempre encima una buena cantidad de gomas para separar el correo de cada vecino, y luego entregarlo a sus destinatarios.
Los niños tampoco tenían demasiados compañeros de juego. Sólo había una niña que tenía aproximadamente su edad: Angelina Contreras, que tenía seis años e iba a primero, es decir, que durante el día estaba en el colegio. Durante el curso escolar, los pocos adolescentes del pueblo se quedaban a dormir en casa de amigos o familiares en la ciudad y sólo venían los fines de semana, porque la distancia era considerable.
Cate no ignoraba los problemas que acarreaba su opción de vida pero, por encima de todo, creía que había tomado la mejor decisión para los niños. Eran su principal preocupación, el motivo que se escondía detrás de cada una de sus acciones. Toda la responsabilidad de criarlos y cuidarlos era suya y estaba decidida a que no sufrieran.
