
Se asomó por la puerta de la cocina y vio que había tres clientes esperando para pagar.
– Vuelvo enseguida -dijo, y salió a cobrar. Al principio, no quería poner una caja registradora en el comedor, pero el éxito de los desayunos la había obligado a hacerlo, así que había instalado una caja pequeña junto a la puerta. Dos de las personas que esperaban eran Joshua Creed y su cliente, lo que significaba que, ahora que el señor Creed se marchaba, el comedor pronto se vaciaría del todo.
– Cate -dijo el señor Creed al tiempo que inclinaba la cabeza hacia ella. Era alto y robusto, con algunas canas en las sienes y el rostro curtido por el tiempo. Tenía unos ojos marrones pequeños y una mirada intensa; parecía como si pudiera morder uñas y escupir balas, pero siempre que hablaba con ella se mostraba amable y respetuoso-. Estos bollos están más buenos cada día. Si viniera a desayunar aquí cada día, engordaría diez kilos.
– Lo dudo, pero gracias.
Se volvió y le presentó a su cliente.
– Cate, te presento a Randall Wellingham. Randall, esta encantadora señora es Cate Nightingale, la propietaria de la pensión que, además, resulta que es la mejor cocinera del pueblo.
El primer cumplido era discutible, pero el segundo era mentira porque la mujer de Walter Earl, Milly, era una de esas cocineras naturales que apenas medía ningún ingrediente pero que cocinaba como los ángeles. No obstante, a su negocio le iría bien que el señor Creed fuera diciendo esas cosas.
– No puedo discutir ninguna de las dos cosas -dijo el señor WeIlingham, en su entusiasta tono, con la mano extendida mientras la repasaba de arriba abajo antes de volver a mirarla a la cara con una expresión que decía que no estaba impresionado con ella ni con la comida. Encajó la mano de Cate con demasiada fuerza pero la piel de su mano era demasiado suave. No era un hombre que hiciera un trabajo físico con frecuencia, algo perfectamente aceptable si no hubiera sido por su mirada de desprecio hacia los demás porque ellos sí que lo hacían. Sólo el señor Creed salió bien parado, aunque era normal porque sólo un estúpido ciego se atrevería a despreciarlo.
