
– ¿Se quedará mucho tiempo? -le preguntó Cate, sólo para ser educada.
– Una semana. Es lo máximo que puedo escaparme del despacho. Cada vez que me marcho, todo se va a pique -dijo chasqueando la lengua.
Ella no dijo nada. Supuso que tendría su propio negocio, teniendo en cuenta los lujos de los que presumía, pero no le importaba lo suficiente como para preguntar. El señor Creed asintió, se colocó el sombrero negro y los dos hombres salieron a la calle para dejar que los demás clientes pagaran. Había dos hombres más en la cola.
En cuanto les hubo cobrado y hubo llenado de café las tazas de los que quedaban en el comedor, Conrad y Gordon Moon terminaron y Cate regresó a la caja registradora, donde esquivó los insistentes cumplidos de Conrad e ignoró el regocijo de Gordon, a quien parecía hacerle mucha gracia que su padre se hubiera encaprichado de ella.
A Cate no le hizo demasiada gracia que Conrad se detuviera en la puerta cuando su hijo ya había salido al porche. Se detuvo y tragó saliva, moviendo la nuez.
– Señorita Cate, quería preguntarle si… bueno… ¿querría recibir una visita esta noche?
Aquella propuesta a la antigua le gustó y la alarmó; le gustaba cómo lo había hecho, pero le horrorizaba que se lo hubiera preguntado. Ahora fue Cate quien tragó saliva y decidió agarrar el toro por los cuernos, porque creyó que darle largas sólo provocaría más intentos.
– No. Paso las noches con mis hijos. Estoy tan ocupada durante el día, que la noche es el único momento que me queda para estar con ellos, y no me parece correcto dejar de hacerlo.
