No era una tierra para los mansos de corazón pero nadie había podido acusar nunca a Bree Reynaud de ser tímida. Había llegado al Parque Nacional de las Tierras Malas aquella misma tarde y en seguida se había enamorado. Unas inmensas nubes negras habían empezado a arracimarse poco antes del ocaso. Las había visto, se había dado cuenta de que se avecinaba una tormenta, pero la idea de buscar refugio no había pasado por su cabeza. La tormenta cerniéndose había sido uno de los espectáculos más salvajes, solitarios y apabullantes que había contemplado en su vida.

No se arrepentía de haberla visto. Había habido varios momentos a lo largo de su vida en los que había deseado que las charlas de su padre hubieran tenido algún efecto. Raoul Reynaud lo había intentado prácticamente todo para inculcar un poco de prudencia a la más joven de sus hijos.

Por desgracia, no había servido para nada.

El parabrisas se volvió a empañar. Bree lo limpió con el último de sus pañuelos de papel. Durante algunos segundos manejó el volante con una sola mano. Cuando el coche patinó, murmuró una letanía de maldiciones en idioma Cajún. Al fin pudo hacerse con el control del vehículo pero sus manos sudaban copiosamente.

Reconoció para sus adentros que no estaba un poquito asustada sino muerta de miedo. Había decidido detenerse en el primer sitio que ofreciera algún refugio, aunque fuera una caverna.

Un relámpago estalló tan cerca de ella que pudo oler el ozono en el aire. El trueno casi le reventó los tímpanos, que protestaron dolorosamente. No se consideraba supersticiosa pero provenía del bayou de Louisiana. Quizá se tratara de un presagio.

Quizá había llegado el momento de dejar de vagabundear.

Quizá había llegado la hora de que una chica de veintisiete años dejara de desafiar al destino y cogiera firmemente las riendas de su vida.



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