Pero lo mejor, se dijo a sí misma, era concentrarse en sobrevivir en aquellos momentos. Bajó un poco la ventanilla. De inmediato, unas gotas como agujas le empaparon la manga del jersey rojo. Pero no podía hacer otra cosa, sin una fuente de aire frío el cristal se empañaba más de lo deseable. Los limpiaparabrisas despejaron momentáneamente el cristal y entonces lo vio… un grupo de grandes sombras oscuras se alzaba ante ella.

Había un grupo de edificios a unos cientos de metros del camino. Vio que el camino de entrada no era más que un pantano pero no le importó. Un refugio era un refugio. Ni la piedra filosofal le hubiera parecido tan preciosa a un alquimista.

Cuando consiguió llegar, su alivio se convirtió en incredulidad. Era una tierra de ranchos y había concluido que había descubierto uno. Los edificios esparcidos en torno al principal podían ser graneros pero el del centro parecía el castillo de Drácula.

Un castillo de Drácula sin el menor gusto. Podría haber encajado en un paisaje alpino pero quedaba estúpido en medio de Dakota. Era un edificio de piedra gris con tres pomposos pisos, profusamente decorado con torreones góticos y vidrieras en las ventanas. Dos leones de piedra flanqueaban las enormes puertas, que no eran muy artísticas pero sí muy grandes. La explanada no era ni césped ni pradera, sólo había malas hierbas.

En el mejor de los casos sería la casa de alguna loca excéntrica. Bree dudó un momento antes de bajar del coche. No tenía miedo pero estaba exhausta y se preguntaba si tendría la energía suficiente como para bregar con una loca.

Otro relámpago encendió el cielo y Bree echó a correr mientras hacía una apuesta mental con el destino. Sería prudente el resto de su vida, sería cautelosa, sería buena, si el propietario le dejaba acampar aquella noche en uno de sus graneros.

Subió a la carrera los veinte escalones que llevaban a la puerta principal. Incluso en esa mínima distancia estaba empapada cuando llamó a las grandes y ajadas puertas de roble.



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