– ¿Simón?

Bree estaba en la puerta del salón con un trapo de cocina en las manos. Vista a contraluz, su silueta y sus piernas parecían aún más huesudas. Dos mujeres de su tamaño habrían cabido en el jersey que llevaba. Tenía los pies descalzos. Había andado todo el día descalza. Aparentemente era alérgica al calzado. Y aparentemente, él no podía mirarla a la boca sin pensar en sexo y pecado. Pero Simón no disponía de tiempo y eso agravaba la irritante atracción que sentía hacia ella.

Podía ignorar la atracción pero no la deuda moral. Ella se había quedado sin que se lo pidiera y Jess la había aceptado como a un alma gemela. Sin Bree, él todavía estaría preparando el desayuno.

– Quería decirte que Jess está arriba. He prometido leerle un cuento. Cuando acabe me marcharé.

– Nada de eso.

– ¿Cómo has dicho?

Simón lanzó un suspiro. No había sido su intención que sonara como una orden. No sabía lo que era pero algo en ella hacía que su voz sonara rígida.

– Si te vas ahora tendrás que conducir en la oscuridad -dijo en un tono más razonable.

– He conducido de noche bastante a menudo.

– No conoces los alrededores y yo sí. El sitio más cercano donde puedas alojarte es Rapid City.

– No es ningún problema. No me siento cansada.

Simón sintió que le daba un vuelco el corazón. El cielo sabía que había estado a salvo con él pero otros hombres podían fijarse en esas piernas largas y en esos ojos provocativos y hacerle pasar un mal rato. En la carretera había baches más grandes que su Volkswagen y había que añadir que se volvería loco si no conseguía descansar. Eso no iba a ser posible si se pasaba toda la noche preocupado por si ella se perdía de nuevo.

– Mi hija se lleva muy bien contigo -dijo él cambiando de estrategia.



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