Simón hubiera caminado sobre las aguas si la niña lo hubiera necesitado pero ni era el caso, ni bajo esas circunstancias podía hacerse cargo de ella. Liz no había querido escucharle. Sin embargo, a pesar de sus sentimientos hacia ella, sabía que era una madre devota. Ya se habría calmado y quizá estuviera en disposición de razonar un poco.

Nadie contestó. Se pasó una mano por el rostro. Le ardían los ojos y le dolía la cabeza. Tenía los nervios a flor de piel. No podía recordar cuándo había sido la última vez que había dormido bien.

La tensión, el stress y él eran viejos amigos. Su empresa de ingeniería le exigía unas jornadas laborales de veinticuatro horas. Hacía poco que había perdido a su hombre de confianza y luego, su tío Fee había muerto. Simón casi no había conocido al viejo y excéntrico ermitaño, ni había esperado heredar su mansión, ni tener que ser el ejecutor de su testamento. Pero no podía ser otro. De modo que el día anterior había hecho una maleta, había cogido a Jess y su ordenador, y había emprendido viaje con la esperanza de que no le llevaría mucho tiempo. Se había equivocado.

En la mansión gótica cabía esperar de todo. Otra cuestión era de dónde iba a sacar los restauradores que necesitaba en medio de aquel desierto. Había una horda de parientes lejanos dispuestos a lanzarse como buitres sobre lo que fuera y él tenía la obligación de ordenar y tasarlo todo. Pero le iba a llevar mucho tiempo.

Un tiempo que no podía permitirse. Un tiempo que una niña de cuatro años se encargaba de complicar más todavía. Simón la amaba más que a su vida y se desesperaba porque no podía atenderla con propiedad en una mansión sucia en la que la calefacción funcionaba de milagro. Pero se había encumbrado en su carrera a base de aceptar desafíos. Todavía no había llegado una crisis que él no pudiera resolver. Pero estaba agotado.



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