Igual que la voz del hombre, cuyo tono, timbre y acento no encajaban en absoluto con su aspecto. Parecía un vagabundo, pero no hablaba como si lo fuera. A Mick le recordó la época que sus abuelos denominaban «los viejos tiempos», cuando antes de la llegada de los viajes internacionales la gente conocida siempre como «los acomodados» iban a Cornualles en sus coches elegantes y se hospedaban en grandes hoteles con amplias galerías. «Sabían dejar propina, sí, señor -le decía su abuelo-. Claro que entonces las cosas eran menos caras, ¿sabes?, así que los dos peniques duraban mucho y con un chelín te alcanzaba para llegar a Londres.» Así de exagerado era el abuelo de Mick. Era parte de su encanto, decía su madre.

– Yo quería mover el cuerpo -dijo Daidre Trahair-. Pero él -y señaló al hombre- me ha dicho que no. Es un accidente. Bueno, es obvio que ha sido un accidente, así que no entiendo por qué… Sinceramente, me daba miedo que se lo llevaran las olas.

– ¿Sabe quién es?

– Yo… no -contestó-. No he podido verle del todo bien la cara.

Mick detestaba tener que ceder ante ellos, pero tenían razón. Ladeó la cabeza en dirección a la puerta.

– Vamos a verle.

Salieron a la lluvia. El hombre sacó una gorra de béisbol descolorida y se la puso. La mujer llevaba un chubasquero con capucha que le cubría el pelo rubio.

Mick se detuvo en el coche patrulla y cogió la pequeña cámara que le habían autorizado a llevar. Si tenía que mover el cadáver, al menos dispondrían de un registro visual de cómo era el lugar antes de que la marea subiera a reclamar el cuerpo.

En la orilla, el viento era feroz y las olas rompían a derecha e izquierda. Eran rápidas, un oleaje seductor de tierra a mar.

Pero se formaban deprisa y rompían más deprisa aún: justo el tipo de olas que atraían y destruían a alguien que no sabía qué estaba haciendo.



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