
Mick apagó la sirena y aparcó el coche patrulla, aunque dejó encendidos los faros y las luces del techo girando; le pareció un detalle bonito. Cruzó la verja y pasó por delante de un Opel viejo estacionado en el sendero de entrada. Cuando llegó a la puerta, golpeó bruscamente los paneles azul intenso. Una figura apareció deprisa al otro lado de la vidriera de la puerta, como si hubiera estado cerca esperándole. La mujer llevaba unos vaqueros ajustados y un jersey de cuello alto; sus pendientes largos se movieron al invitarle a entrar.
– Me llamo Daidre Trahair -dijo-. Soy la que ha llamado.
Le hizo pasar a un pequeño recibidor cuadrado atestado de botas de agua, botas de montaña y chaquetas. A un lado había un recipiente grande de hierro con forma de huevo que Mick reconoció como uno de los viejos cubos que se utilizaban en las minas, lleno de paraguas y bastones en lugar de mena. Un banco estrecho maltratado y lleno de agujeros señalaba el lugar donde cambiarse las botas. Apenas había espacio para moverse.
Mick sacudió las gotas de la chaqueta y siguió a Daidre Trahair al corazón de la cabaña, que era el salón. Allí, un hombre con barba de aspecto desarreglado estaba en cuclillas junto a la chimenea, removiendo en vano cinco trozos de carbón con un atizador cuyo mango tenía forma de cabeza de pato. «Tendrían que haber puesto una vela debajo del carbón hasta que prendiera», pensó Mick. Era lo que siempre había hecho su madre y funcionaba de maravilla.
– ¿Dónde está el cadáver? -preguntó-. También quiero sus datos, señor. -Sacó la libreta.
– La marea está subiendo -dijo el hombre-. El cadáver está en el… No sé si es parte del arrecife, pero el agua… Querrá ver el cuerpo, ¿no?, antes de pasar a lo demás. Las formalidades, quiero decir.
Recibir una sugerencia de este tipo de un civil que sin duda sacaba toda la información sobre el procedimiento policial de las series de la tele le puso enfermo.
