Y entonces esperaron, porque no había nada más que hacer. Pasaron los minutos, el agua subió y por fin la radio gimoteó.

«El juez… de acuerdo… por el oleaje… la carretera -crujió la voz incorpórea-. ¿Qué… lugar… necesitas?»

– Ven para acá y coge el equipo de lluvia. Que alguien se encargue de la comisaría mientras no estás.

«¿Sabes… el cuerpo?»

– Un chaval. No sé quién es. Cuando lo saquemos de las rocas, comprobaré si lleva identificación.

Mick se acercó al hombre y a la mujer, que estaban acurrucados lejos el uno del otro para protegerse del viento y la lluvia.

– No sé quién coño es usted -le dijo al hombre-, pero tenemos un trabajo que hacer y no quiero que haga nada más que lo que le diga. Venga conmigo. Y usted también -le dijo a la mujer.

Caminaron con mucho cuidado por la playa rocosa. Abajo, cerca del agua, ya no quedaba arena; la marea la había cubierto. Anduvieron en fila india por la primera placa de pizarra. A medio camino, el hombre se detuvo y alargó la mano hacia atrás a Daidre Trahair para ayudarla. Ella negó con la cabeza. Estaba bien, le dijo.

Cuando llegaron al cadáver, la marea acariciaba la pizarra donde yacía. Diez minutos más y habría desaparecido. Mick dio indicaciones a sus dos compañeros. El hombre lo ayudaría a mover el cuerpo hasta la orilla. La mujer recogería cualquier cosa que quedara atrás. No era la mejor situación, pero tendría que servir. No podían permitirse esperar a los profesionales.

Capítulo 2

A Cadan Angarrack no le importaba que lloviera. Tampoco le importaba el espectáculo que sabía que daba al limitado mundo de Casvelyn. Se desplazaba en su BMX freestyle, con las rodillas a la altura de la cintura y los codos hacia fuera como flechas curvadas, concentrado en llegar a casa para compartir su noticia. Pooh botaba en su hombro, graznando en protesta y gritando de vez en cuando «¡Basura de agua dulce!» al oído de Cadan. Era mucho mejor que un picotazo en el lóbulo de la oreja, algo que había sucedido en el pasado antes de que el loro aprendiera que se había portado mal, así que Cadan no intentó hacerle callar.



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