
– Díselo tú, Pooh -le dijo.
Y el loro respondió:
– ¡Agujeros en el ático! -una expresión cuya procedencia era un misterio para su dueño.
Si hubiera estado trabajando con la bicicleta en lugar de utilizarla como medio de transporte, Cadan no habría tenido al loro con él. Al principio, se llevaba a Pooh y le buscaba una percha cerca de un lateral de la piscina vacía mientras repasaba sus rutinas y desarrollaba estrategias para mejorar no sólo sus acrobacias sino la zona en que las practicaba. Pero alguna maestra del colegio de preescolar que estaba al lado del polideportivo había dado la voz de alarma sobre el vocabulario de Pooh y lo que ocasionaba a los oídos inocentes de los niños de siete años cuyas mentes intentaba moldear y Cadan había recibido la orden: dejar al pájaro en casa si no podía tenerlo callado y si quería utilizar la piscina vacía. Así que no tuvo elección. Hasta hoy, había tenido que usar la piscina porque de momento no había hecho el más mínimo avance con el ayuntamiento para que montara pasarelas para saltos aéreos en Binner Down. Le habían mirado como habrían mirado a un psicópata y Cadan sabía qué pensaban: no sólo exactamente lo mismo que pensaba su padre sino también lo que decía: «¿Veintidós años y juegas con una bicicleta? ¿Qué coño estás haciendo?».
«Nada -pensaba Cadan-. Una mierda. ¿Crees que es fácil? ¿Un tabletop? ¿Un tailwhip? Intentadlo alguna vez.»
Pero por supuesto, nunca lo harían. Ni los concejales ni su padre. Sólo lo miraban y su expresión decía: «Haz algo con tu vida. Búscate un trabajo, por el amor de Dios».
