
Así que se puso a caminar. No parecía haber otra alternativa. Ascensiones pronunciadas a acantilados, el viento azotándole la cara, el aire salado secándole la piel, recorriendo playas donde los arrecifes sobresalían de la arena y de las piedras cuando bajaba la marea, la respiración trabajosa, la lluvia empapándole las piernas, las piedras clavándose sin cesar en las suelas de sus zapatos… Estas cosas le recordarían que estaba vivo y que seguiría estándolo.
Había hecho una apuesta con el destino. Si sobrevivía a la caminata, perfecto. Si no, su final estaba en manos de los dioses; en plural, decidió. No podía pensar que hubiera un único Ser Supremo ahí arriba, moviendo los dedos sobre el teclado de un ordenador divino, introduciendo una cosa o eliminando otra para siempre.
Su familia le pidió que no fuera, porque veían el estado en que se encontraba, aunque como tantas otras familias de su clase social no lo mencionaron directamente. Su madre sólo dijo: «Por favor, no lo hagas, querido»; su hermano le sugirió, con la cara pálida y la amenaza de otra recaída cerniéndose siempre sobre él y sobre todos ellos: «Deja que te acompañe», y su hermana le murmuró con el brazo alrededor de la cintura: «Lo superarás. Se supera», pero ninguno pronunció su nombre o la palabra en sí, esa palabra terrible, eterna, definitiva.
Y él tampoco. No expresó nada más que su necesidad de caminar.
El cuadragésimo tercer día de esta marcha adquirió la misma forma que los cuarenta y dos días que lo habían precedido. Se despertó donde se había dejado caer la noche anterior, sin saber en absoluto dónde estaba, salvo en algún punto del camino suroeste de la costa.
