Salió del saco de dormir, se puso la chaqueta y las botas, se bebió el resto del agua y empezó a andar. A media tarde, el tiempo, que había estado incierto durante la mayor parte del día, se decidió y cubrió el cielo de nubes oscuras. El viento las apiló unas sobre otras, como si desde lejos un escudo enorme las mantuviera en su sitio y no les permitiera seguir avanzando porque había prometido tormenta.

Luchaba contra el viento para alcanzar la cima de un acantilado, ascendiendo desde una cala en forma de V donde había descansado durante una hora más o menos y contemplado las olas chocar contra las placas anchas de pizarra que formaban los arrecifes. La marea comenzaba a avanzar y se había dado cuenta. Necesitaba subir. También necesitaba encontrar refugio.

Se sentó cerca de la cima del acantilado. Le faltaba el aliento y le resultó extraño que tanto caminar estos días no pareciera bastar para resistir mejor las diversas ascensiones que realizaba por la costa. Así que se detuvo a respirar. Sintió una punzada que reconoció como hambre y utilizó aquellos minutos de descanso para sacar de la mochila lo que le quedaba de una salchicha seca que había comprado al pasar por una aldea en su ruta. La devoró toda, se percató de que también tenía sed y se levantó para ver si cerca había algo parecido a un lugar habitado: un caserío, una cabaña de pesca, una casa de veraneo o una granja.

No vio nada. Pero tener sed estaba bien, pensó con resignación. La sed era como las piedras afiladas que se clavaban en las suelas de sus zapatos, como el viento, como la lluvia. Le hacía recordar, cuando necesitaba algún recordatorio.

Se volvió hacia el mar. Vio a un surfista solitario meciéndose en la superficie, más allá de donde rompían las olas. En esta época del año, la figura iba toda vestida de neopreno. Era la única forma de disfrutar del agua gélida.

Él no sabía nada de surf, pero reconocía a un cenobita como él cuando lo veía.



3 из 644