
No conocía la respuesta y no estaba demasiado interesado en elaborar ninguna. Tras acabarse aquella comida inadecuada, reanudó la marcha. En esta parte de la costa los acantilados eran friables, a diferencia de los que había al principio de su caminata. Allí eran principalmente de granito, intrusiones ígneas en el paisaje, formadas sobre la lava, la piedra caliza y la pizarra milenarias. Aunque desgastado por el tiempo, el clima y el mar agitado, el suelo era sólido y el caminante podía aventurarse hasta el borde y contemplar las olas bravas u observar las gaviotas que buscaban un lugar donde posarse entre los riscos. Aquí, por el contrario, el borde del acantilado era quebradizo, de pizarra, esquisto y arenisca, y la base estaba marcada por montículos de detritos de piedras que a menudo caían a la playa. Arriesgarse a acercarse al borde significaba despeñarse. Y despeñarse significaba romperse todos los huesos o morir.
En este punto de la caminata, la cima del acantilado se nivelaba durante unos cien metros. El sendero estaba bien delimitado, se alejaba del borde y trazaba una línea entre las aulagas y las armerías a un lado y, un prado vallado, al otro. Desprotegido aquí arriba, dobló el cuerpo contra el viento y siguió andando sin parar. Tenía la garganta tan seca que le dolía y notaba unos pinchazos sordos en la cabeza justo detrás de los ojos. De repente, al llegar al final de la cumbre, se mareó. «La falta de agua», pensó. No sería capaz de avanzar mucho más sin ponerle remedio.
