
El responso rezado junto a la sepultura fue más breve de lo que yo esperaba. El sacerdote volvió a leer pasajes tradicionales: polvo al polvo, cenizas a las cenizas. Yo no lo escuchaba. Observaba el rostro de todas las personas que se encontraban allí. Miré a mi hermano. Me pregunté qué sentiría yo si él estuviera muerto. Me sorprendí escuchando el repiqueteo de la lluvia sobre el toldo que cubría la tumba. A un lado, los sepultureros aguardaban tranquilamente junto a una excavadora. Se me ocurrió que quizá no había mejor manera de aprender a ser paciente que trabajar en un cementerio.
Luego terminaron las honras fúnebres. Nos dimos la mano y expresamos en voz baja nuestros buenos deseos. Me acerqué a mi padre.
– Tengo que marcharme -anuncié.
– Habrá comida y bebida en casa de tu tía. Me gustaría que vinieses.
– Tengo que marcharme -repetí-. El vuelo sale esta tarde. Cogeré un taxi.
– Está bien -dijo, y se alejó.
Pensé en la borrasca próxima a Venezuela. Intenté imaginar el centro de la tormenta, los vientos girando a toda velocidad en círculos concéntricos, cada vez más cerrados. Tenía que regresar.
– ¡Ahí está! -exclamó Porter, entusiasmado. Dirigí la mirada al frente y divisé las luces de media docena de vehículos policiales estacionados en el arcén. Había un corrillo de curiosos a pocos metros de allí, en el patio de una enorme e imponente mansión. Vi el vehículo amarillo del forense y un furgón sin ventanas, verde y blanco, de los que usan los técnicos en la escena del crimen. Aparcamos detrás del primer coche patrulla.
