
– ¿Qué te parece? Les hemos ganado a todos por la mano. No hay una cámara de televisión a la vista. -Porter ya se había colgado del cuello una cámara de fotos y estaba preparando otra-. Vamos -añadió-, antes de que lo tapen todo.
Bajó del coche de un salto y se adentró en el campo de golf a grandes zancadas. Lo seguí unos metros más atrás, medio corriendo, medio caminando. En área del decimotercer hoyo, un oficial de uniforme nos detuvo con un grito:
– ¡Alto ahí! -Se aproximó a nosotros y agregó-: Está prohibido el paso.
– Pero no puedo sacar fotos desde aquí -protestó Porter-. Déjenos acercamos sólo un poco más. No se preocupe; no fotografiaré nada que ustedes no quieran.
El policía negó con la cabeza. Entonces intervine.
– ¿Quién está al cargo?
– El detective Martínez -respondió-. Y también el detective Wilson. Hable con ellos cuando terminen. Por ahora, espere aquí -añadió, volviéndonos la espalda.
– Voy para allá -dijo Porter, señalando los matorrales-. Tengo que encontrar un buen ángulo.
Se alejó, intentando mantenerse fuera del campo visual del policía. Advertí que uno de los detectives miraba en dirección a mí y lo saludé con un ademán del brazo. Él se acercó.
– ¿Cómo estás, Martínez? -dije-. ¿Qué habéis encontrado?
– Hacía mucho que no te veía -observó-. Desde aquel juicio en marzo.
Recordé que él había sido el testigo principal en el juicio de un adolescente acusado de asesinar a un turista que le había pedido indicaciones. El caso había tenido mucha repercusión, especialmente cuando el defensor alegó que el muchacho estaba desequilibrado debido a la vida diaria en el gueto. Era una defensa novedosa; el jurado estuvo reunido durante dos horas antes de rechazarla. A todos en la redacción les había hecho mucha gracia.
– Es que ya no se cometen crímenes de calidad, ¿no crees?
Martínez se rió.
