– ¿Qué puede decirme? -le pregunté.

– No sabré demasiado hasta que la abra. Por lo visto la asesinaron con un arma de grueso calibre. Es probable que recibiera un solo impacto, a juzgar por la herida. Según parece, le dispararon a quemarropa, tal vez desde treinta o cuarenta centímetros.

– ¿Cómo lo sabe?

– Por el residuo de pólvora alrededor de la herida.

En realidad, sólo podré determinarlo con mayor precisión cuando examine las muestras con un microscopio. Por ahora sólo lo estoy calculando a ojo… Aunque se me da bastante bien.

– ¿Algún indicio de abuso sexual?

– No. Es extraño, ¿verdad? Quiero decir que no es ésta la forma en que habitualmente asesinan a las jovencitas.

– ¿Qué puede decirme acerca de la manera en que tenía atadas las manos?

– No mucho. Los chicos del laboratorio se han llevado la cuerda.

– ¿Está seguro de que fue asesinada aquí? ¿No pudieron arrojarla allí después de matarla?

– Oh, sí, estoy seguro. He encontrado en algunas de las palmeras cercanas un poco de materia que salió despedida con el impacto.

– ¿Tiene alguna teoría? ¿Alguna intuición?

El médico se rió.

– El asesino resultará ser un novio celoso o un padrastro maníaco sexual. Pero, en resumidas cuentas, a ustedes les da lo mismo. De cualquier modo es una buena historia, ¿no?

Hice caso omiso de su sarcasmo.

El doctor dio una larga chupada a su pipa y percibí el aroma del tabaco que se mezclaba con el olor del césped cortado.

– ¿Tiene idea de quién es ella?



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