
– Es un día caluroso para un homicidio -comentó-. Oye, quiero parar a tomar una fotografía del desfile antes de regresar, ¿está bien?
– Ningún problema.
El vehículo enfiló la calzada con un chirrido de los neumáticos.
– El glorioso Cuatro de Julio -dijo-. El año pasado fue el Watergate. El anterior, el fin de la guerra. El próximo, será el Bicentenario. Habrá mucha gente disfrazada de George Washington. Travestis, tal vez. -Rió-. Pero ¿a quién le importa? -Hizo una pausa para meditar por un momento-. Supongo que a los niños exploradores. Recuerdo que cuando era un crío participé en el desfile. Me encantó, me hizo sentir que realmente era verano. Tengo que admitirlo.
Pensé en mi tío, con su uniforme. Mi padre tenía una fotografía de él enmarcada en su estudio. En ella, mi tío aparecía joven y fuerte, con su traje azul y rojo, tan imponente y vistoso que parecía mucho más que un simple atuendo. Cuando era pequeño, yo contemplaba ese retrato con una mezcla de temor y fascinación ante aquel uniforme que rezumaba valentía, fuerza y hombría al mismo tiempo. En la fotografía, los colores eran tan vívidos como las emociones. La música del funeral me vino a la mente y, de pronto, advertí que la ventanilla estaba bajada al oír los compases de una banda, los golpes sordos de bombos y de pies que marcaban el paso a pocas manzanas de distancia. Porter estacionó el automóvil.
– Si intentamos acercarnos mucho más, jamás podremos salir -dijo-. Vamos, es a unas tres calles de aquí. Sólo es un pequeño desfile por la calle principal. Más tarde habrá uno más grande, pero me gusta fotografiar a los chicos de la escuela secundaria. Son más espontáneos que cualquier banda universitaria.
