
Cuando llegamos, Martínez y Wilson esperaban frente a la puerta. Martínez llevaba gafas de espejo, de modo que si uno lo miraba a los ojos sólo se veía a sí mismo. Wilson se enjugaba la frente con un pañuelo blanco. De alguna manera, la tela parecía retener el calor y brillaba en su mano.
– Bienvenidos a la realidad, muchachos -dijo Porter. Atravesamos el jardín. Wilson fue el primero en hablar.
– Sí que sois rápidos, vosotros. No podíais esperar, ¿verdad?
Lo miré por un momento y luego me dirigí a Martínez.
– ¿Cuál es la situación ahí dentro?
Sus ojos se clavaron en mí detrás de las gafas de sol.
– Están aturdidos por la noticia. He tenido que decirles que uno de ellos deberá ir a la morgue a identificar el cuerpo. Ahora estamos esperando al padre.
– ¿Tenía novio la chica? ¿Hay algún sospechoso?
– Nada oficial. Por lo visto, nadie tenía motivos para desearle mal. Es decir, no acababa de plantar a nadie.
Wilson lo interrumpió.
– Era una chica buena y decente. Nada de drogas ni de sexo. Era alumna de la escuela Sunset. Sacaba buenas notas. Quería ser veterinaria, ir a la universidad. Dios, sólo de pensar en ello me pongo enfermo. -Sin dejar de secarse la frente con el pañuelo, me espetó-: ¿Cómo piensas escribir esto? Escucha, si le causas más dolor a esta familia…
– ¿Qué? -salté-. ¿Qué crees que somos? Dios mío… -Me volví hacia Martínez-. Entonces, ¿qué pasos seguiréis ahora?
– Haremos algunas indagaciones sobre la fiesta a la que asistió, aunque, por lo que dicen los padres, dudo que averigüemos gran cosa. Sólo eran chicos del instituto. Estamos pendientes del informe de la autopsia. Comenzaremos a revisar los archivos de delincuentes sexuales, pero me temo que eso tampoco nos conducirá a ningún sitio. Quiero decir que esto no parece un crimen sexual.
