En la redacción no se hablaba de otra cosa. Parecía que llegaría a intensidad cinco, la más devastadora. El periódico publicaba artículos especulativos a toda página sobre el potencial asesino de la tormenta. Hacía ya mucho tiempo que no se desataba una tempestad importante, según decían los empleados más antiguos de la oficina, y flotaba en el aire el presentimiento de que esa masa gris de viento y lluvia se dirigía hacia nosotros.

Sin embargo, nos equivocábamos. La tormenta nunca llegó a Miami sino que se dirigió tierra adentro, hacia la costa de América Central, donde mató a muchas personas y dejó a muchas otras sin hogar. Sin embargo, eso ocurrió algunas semanas más tarde. Entonces, a principios de julio, toda nuestra atención estaba centrada en esa tormenta, lo que, al menos en mi memoria, me ayuda a explicar por qué nuestros ojos miraban en otra dirección cuando la verdadera tempestad de la temporada estalló muy cerca de nosotros.

Así pues, ese 4 de julio llegué temprano a la oficina. Era mi primer día de trabajo después del funeral de mi tío. Aunque no tenía la obligación de ir ese día, había regresado algo inquieto de mi viaje al norte y necesitaba ocuparme en algo que ahuyentara de mi mente las escenas familiares. Ahora advierto que mi mente tiende a relacionar una cosa con otra -el asesinato de la adolescente y el suicidio de mi tío-, como si formaran parte de un mismo suceso, pese a que ocurrieron con algunos días de diferencia y a cientos de kilómetros de distancia.

No había mucha gente en la redacción, puesto que era festivo y muy de mañana. Eché un vistazo a mi buzón, que estaba vacío, y leí por encima la primera edición del Miami Post, que ya había salido. Me senté a mi escritorio y pensé en llamar a Christine para decirle que había vuelto, pero era probable que ella ya estuviera en el hospital, pasándole esponjas, pinzas y escalpelos a los médicos enfrascados en la extirpación de un tumor. Decidí telefonear más tarde y quedar con ella para cenar. Abrí las páginas deportivas del Post para enterarme de los resultados del béisbol, pero, en cambio, mis ojos se clavaron en Nolan, el redactor de noticias locales.



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