
Nolan era un hombre corpulento, que medía bastante más de un metro ochenta e iba siempre encorvado, por lo que parecía más pesado y lento de lo que en realidad era. Sin embargo, ante una historia interesante, se enderezaba de repente, como si le hubiesen quitado de encima preocupaciones y kilos, y se concentraba en los detalles. También perdía su habitual tono jocoso y travieso y adquiría la presteza y la decisión propias de un sargento instructor. Gozaba de una enorme popularidad en la redacción; era capaz de bromear con los periodistas y, al instante siguiente, hablar ante el consejo de administración.
Ahora estaba sentado en el centro de la redacción delante de uno de los escritorios dispuestos en fila, hablando animadamente por teléfono. Lo vi garabatear unas notas y luego colgar el auricular con ademán resuelto y satisfecho. Al mismo tiempo se volvió para averiguar quién había llegado. Nuestros ojos se encontraron: Nolan se puso en pie y se dirigió rápidamente a mi escritorio. Acercó una silla y se sentó.
– No esperaba verte tan pronto -dijo-. ¿Cómo te fue?
Tenía una espesa cabellera negra, con un mechón que le caía sobre la frente y se agitaba cuando él hablaba, como acentuando sus palabras.
– Como era de esperarse. Lágrimas. Las frases de rigor sobre la levedad de la existencia, la voluntad de Dios, el paso a mejor vida.
– Suena tétrico.
– Lo fue.
– ¿Tú estás bien?
– Estoy aquí, ¿no? -Sonreí-. Intacto. Un periodista modelo 1970. Con muchos kilómetros encima pero que aún funciona bien.
– Me alegro, me alegro -comentó-. ¿Tienes ganas de cubrir una noticia o prefieres descansar un par de días?
