
Había perdido el ojo derecho en Iwo Jima, camino de Suribachi, según decía, justo antes del izamiento de la bandera. Se había perdido ese momento, pues estaba demasiado aturdido por la morfina para comprender lo que ocurría alrededor. Una vez me contó que había sido una sensación extraña la de perder el ojo. Al principio creyó que iba a morir; luego, que todo le estaba sucediendo a otra persona. Notaba la sangre y el dolor. Sin embargo, le costaba convencerse de que ese dolor y esa sangre eran suyos. Para él, en ese momento, el herido era alguien totalmente ajeno a él.
Cuando yo era pequeño, él solía hacerme obsequios. Libros sobre el Cuerpo de Marines, una insignia del Corazón Púrpura, una bandera del Sol Naciente que había traído como botín de Tarawa. Una vez, para Navidad, me regaló un cuchillo de caza largo y curvo con una costosa vaina de cuero.
– Esto te vendrá bien -me aseguró.
Durante años, el cuchillo permaneció sobre mi escritorio.
– Cuando necesites algo, cualquier cosa, ya sabes a quién acudir -añadió.
Pero nunca le pedí nada.
Luego, el sacerdote leyó el pasaje más conocido del Eclesiastés, el de «hay un tiempo para toda las cosas». Me acordé de la canción popular basada en esos versículos. Leídos en la iglesia resonaban entre las vigas del techo, lo que les daba una sonoridad distinta, más profunda.
Solía encontrarme con mi tío y su esposa en las reuniones familiares: el Día de Acción de Gracias, en Navidad, a veces en las celebraciones de cumpleaños…, en todas las fechas señaladas. No tenían hijos: nunca supe por qué.
En esas ocasiones, él bebía demasiado. Yo lo contemplaba mientras se servía copas y las apuraba a sorbos, con delectación, en una cadena infinita. Se olvidaba de la mayor parte de las cosas, excepto del himno, que tarareaba para sí, con una expresión apagada en el ojo bueno y con el ojo falso muy abierto, sin ver nada.
