
– Una vez hice esto mientras conducía a más de ciento cincuenta, por la carretera 441. Perseguíamos a un par de chicos que habían robado un automóvil. Un poli y yo, volando por la carretera; no había tiempo de asustarse -añadió, riendo.
Recordé la lentitud con que se había desplazado la hilera de automóviles desde la iglesia hasta el cementerio. Volví a ver el coche fúnebre doblar la esquina y, justo detrás de él, el largo Cadillac negro en el que iban mi padre y la esposa de su hermano. Había llovido durante toda la mañana, y los limpiaparabrisas parecían llevar el compás de una marcha fúnebre. Aún resonaba en mis oídos el Himno del Cuerpo de Marines que, desde el órgano, había inundado la iglesia, lento y solemne; resultaba casi imposible reconocer aquella cadencia tan familiar cuando se ejecutaba en honor de los muertos y no de los vivos. Recuerdo que me sorprendí al ver el féretro cubierto por la bandera: los vívidos colores parecían fuera de lugar, incongruentes con ese día gris y aquella iglesia sombría.
Primero había hablado el sacerdote.
– Escucha nuestra plegaria, Padre, por el alma de Lewis Anderson, y concédele en el cielo la paz que buscó aquí en la tierra…
«Paz -pensé-. Lo contrario de guerra.»
Mi tío había sido un hombre muy robusto, de brazos largos y musculosos y con un pecho tan ancho como el escudo de un caballero andante. Hablaba siempre con una voz profunda en la que, aun al reír, se apreciaba un dejo amenazador, una nota tensa que ponía de manifiesto cierta ansia por captar la atención. Luego clavaba en mí su ojo sano con una mirada que me dejaba helado y asustado.
