Andrés Trapiello


Al Morir Don Quijote

Las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.

Quijote, I, 20

El loco por la pena es cuerdo.

Covarrubias, Tesoro

Forse altro canterá con miglior plectro.

Orlando furioso, XXX, 16


CAPITULO PRIMERO

El ama, que había ido a la cocina a preparar unos gazpachos, oyó aquel hondísimo suspiro, dejó las sartenes y corrió alarmada a donde estaban todos. Se abrazó a la sobrina y rompió en un penoso llanto.

Antonia quiso llorar, por no desentonar en ese trance, pero no lo logró y hubo de conformarse con la tristeza, aunque envidió aquellas lágrimas del ama. El fleco de un pensamiento sombrío rozó fugaz su frente: ''¿Por qué el ama, que no es nada suyo, puede llorar, y yo, que soy de su misma sangre, no tengo lágrimas? Debería llorar yo y no ella».

Los demás se pusieron de pie y no sabían si acudir a consolar a la sobrina o entrar en el aposento donde yacía don Quijote.

Fue lo que hizo maese Nicolás, barbero, amigo de don Quijote desde hacía más de cuarenta años y partidario de la lanceta. En ausencia del médico, hizo la suerte él, y ganó de un salto la delantera, y entró y salió del mechinal en un punto. La gravedad de su rostro y las solemnes cabezadas con que se acompañó, certificaron el desenlace.

El primero en darle pésame y besamanos a la sobrina fue el escribano señor Alonso de Mal. Se veía a una legua que era escribano por la barba de cola de pato que lucía y la garnacha vieja, color algarroba. Era un viejo con cara de pocos amigos, en los huesos y con la tez moscada.



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