
Así como Antonia pareció darse prisa en soltarse de los abrazos del señor Alonso de Mal, no mostró ninguna acucia por salir de los del bachiller, que repetía la misma jaculatoria como sí no se le ocurriese otra:
– Consuélese vuesa merced, señora Antonia, que su tío ha pasado a mejor vida.
No se enriende por qué le habló de aquella manera, ya que nunca gastaba con ella ese tratamiento. La llamaba de tú, nunca de vos, pero se conoce que debió de parecerle que aquel trago pasaría mejor circunstanciándolo un poco.
El señor cura don Pedro Pérez se había quedado dormido leyendo su breviario hacia unos minutos, cuando el sollozo de Antonia le despertó. Miró a todos lados con ojos saltones. Y gracias a que estaba leyendo su breviario y a que era puntualísimo y escrupuloso en sus devociones, sabemos que don Quijote murió durante la hora tercia, porque su dedo índice se había quedado metido en esa parte del libro. Y no le preocupó esa noticia; sabía que don Quijote había arreglado sus cuentas con Dios hacía tres días, en confesión. Lo que confesó don Quijote a don Pedro sí que no podrá saberlo nadie nunca, ni Cide Hamete ni Cervantes ni nadie, porque todo lo enterró el secreto del sacramento. ¿Para qué pecados suyos pidió clemencia "y perdón don Quijote? ¿De ira, de orgullo?
;Acaso confesó que en aquellos tres últimos meses de sus aventuras no había entrado en sagrado ni oído misa ni un solo domingo, como manda la Santa Madre Iglesia? ¿Se sintió eximido de arrepentirse cuerdo de los pecados que cometió loco? En cualquier caso no debieron de ser sus pecados ni muchos ni graves, porque la confesión fue somera, duró unos minutos y en ella don Pedro se limitó a humillar la mirada y mover la cabeza, como si le diera a entender a su amigo: «No, si ya me hago cargo. Siga vuesa merced». Así que a don Pedro la noticia de que había muerto don Quijote le dejó tranquilo, con el trabajo hecho.
