Apoyó el brazo en el quicio de la puerta, como si quisiera encontrar fuerzas para seguir de pie, se colocó un mechón de pelo por detrás de la oreja con inadvertida coquetería, porque entre los presentes estaba el bachiller Sansón Carrasco, y dijo con voz evaporada:

– Ay, señores, que me parece que se me ha muerto mi señor tío.

Y aunque el ama Quiteria, por encontrarse en ese momento en la cocina haciendo unos gazpachos, no oyó estas palabras, sí advirtió el hondísimo suspiro que le siguió, y le dio un vuelco el corazón, y acudió desolada a donde estaban todas.

CAPITULO TERCERO

Al morir don Quijote el pueblo empezaba a despertarse y no se oía ni una voz, ni unos pasos, m los cascos de las caballerías sobre las piedras, m el atropellado menudeo de las pezuñas de las cabras, como caireles. Nada. Sólo los gallos. Y algún perro.

Luego sí, A media mañana se oyeron las campanas.

Al morir don Quijote la casa se llenó de un gran silencio, que únicamente se atrevieron a romper seis corderos que se guardaban en el corral. Dadas las circunstancias, habían olvidado echárselos a sus madres, y balaban dolidos y hambrientos.

Al morir don Quijote, y después de las primeras condolencias y la lógica agitación, los amigos allí reunidos, el ama y la sobrina no supieron muy bien qué tenían que hacer, aunque todo lo fueron haciendo ordenadamente a lo largo del día, como si improvisaran al mismo tiempo el ensayo general y el estreno de aquella triste y memorable jornada, e hicieron cosas que pensaban serían muy necesarias para el alivio del dolor de los demás, aliviándose de paso en el dolor de hacerlas.

Incluso la vida de ese pueblo, al morir don Quijote, quedó durante unas horas como ese mosquito que vemos apresado en un trozo de ámbar.

Pudo ser así porque era un pueblo pequeño. Para algunos era un pueblo pequeño, pero para otros, orgullosos de él, era un pueblo grande y señalado.



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