
Entró, pues, la sobrina, como le había ordenado Quiteria, en el aposento donde dormía su tío, pensando, por supuesto, que sólo estaba dormido.
; Y cómo supo que don Quijote había finado?
Era una muchacha, pero eso no obstaba para que hubiese visto ya morir a mucha gente, de la noche a la mañana, por un cólico, por un aire traidor, por unas bascas negras, por unas súbitas calenturas, por un ahogo, por un sarpullido, niños. hombres, mujeres, viejos. Cuando menos se pensaba, caían enfermos y a los dos días los llevaban al cementerio. Todo el mundo se había acostumbrado a la muerte, pero a Antonia le angustiaba ver a su tío enfermo. El olor de la muerte le asustaba. La muerte olía de una manera acre, a vejez, a orines retestinados, a leche cortada, a almidón, a almendras amargas, a vinagrillo, a pozo alunado, a lobo muerto, a milanera, a sangre seca, a cenizos. No le gustaba entrar en el aposento del agonizante. Deseaba quedarse en la cocina, prefería que fuese el ama quien se ocupara del aseo y las comidas de su río. Y de hecho era el ama quien corría con tales trabajos, pero le había enviado a ver si dormía, y ella obedeció.
Encontró a don Quijote vuelto de lado, con un gorro colorado, del tipo galocha, calado hasta las orejas, mirando la pared.
Ni siquiera tuvo que ponerle la mano en la frente para saber si persistían o no aquellas fiebres que se tomaron al principio por un causón y luego por tercianas. Supo que estaba muerto porque la muerte dice las cosas sin palabras, mordiendo con sus dientes de rata una esquinita del corazón de los vivos, y comprendió la muchacha que a su tío se le había helado la vida, y así, como estaba que parecía dormido más que muerto, vuelta la cara contra la pared, supo que estaba más muerto que dormido, y salió a comunicárselo a los amigos que durante aquellos últimos días habían querido acompañarle en el tránsito y lo velaban, esperando un desenlace funesto o la mejoría milagrosa.
