Don Quijote, que montaba a Rocinante, echó pie a tierra. No se sabe por qué se le cruzó por la cabeza que derrotado como venia por el caballero de la Blanca Luna era mejor hacer la entrada en su pueblo a pie, y no a caballo. Seguramente pensó que de ese modo daba a entender que no le temía a las murmuraciones, y que las arrostraría a píe, con quien hiciera falta. Y allí, en aquella era, echó un breve discurso a los chicos v a media docena de bausanes que estaban cazando pájaros con liga. Nadie entendió lo que decía. Luego se marchó a su casa, y algunos que no se habían atrevido a reírsele en las barbas, lo hicieron con pena en cuanto se alejó.

La casa de don Quijote estaba frente al Palacio, frente a la iglesia, frente a los soportales.

Fue caminando despacio por la calle Ancha, sin mirar a parte ninguna, sólo al frente, llevando el rocín de las riendas. Su expresión era de suma tristeza y aflicción causadas no tanto por sus quebrantos de cuerpo sino por tantos sinsabores como había conocido los últimos días.

Unos le saludaron y otros no, quizá por timidez, quizá por temor, quizá por respeto y no hacer leña del árbol caído.

Pasaron quince días de eso, y se murió.

Al morir don Quijote todo fue un poco más confuso y un poco más claro.

Al morir, don Quijote ya era don Quijote, y no era nadie, es decir, tenía mucha fama por aquellos pagos, pero no como para que hiciesen tañer las campanas a mediodía, privilegio, si acaso, del conde o de su familia, ni siquiera de su secretario. que estaba agonizando. Las campanas saben muy bien por quién tienen que doblar y a qué horas. Las campanas, como casi todo en esta vida, adoran las jerarquías. Y si no iban a doblar por el secretario, tampoco doblarían por don Quijote. Pero doblaron, y se oyeron. Y por eso algunos pensaron que habían doblado solas, como las de Belilla.

Aunque también es verdad que don Quijote, siendo nada y nadie, era mucho y todo por esas fechas.



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