Para empezar se había publicado ya la historia de sus dos primeras salidas, y muchas de sus aventuras, su lucha contra los molinos de viento o sus estocadas a unos odres de vino que había en una venta, a los que había tomado por gigantes, y otros dislates, se habían propalado también muy rápidamente por la Mancha, para regocijo general. Y aunque no viene ahora a cuento, hay que subrayar que en el pueblo podían haber leído ese libro algunos más de los que lo habían hecho, puesto que de alguna manera trataba del pueblo y de un hijo del pueblo.

Ya se ha dicho que había en él licenciados, algebrista, boticario, médico, escribanos y muchos otros que sabían leer, pero exceptuando al bachiller Sansón Carrasco, al cura don Pedro Pérez y a maese Nicolás, nadie más quiso leerlo, unos por envidia y otros por despecho o ignorancia; a unos les molestaba que se gastasen papel, dineros y trabajo en propalar las tonterías y repentes de un loco, y otros consideraban que sus vidas, mucho más atenidas a la razón y a los buenos usos de la república, eran más merecedoras de celebridad que la de un mentecato que había dejado arruinar su hacienda. Así que en el pueblo la mayoría de la gente, al oír las campanas a media mañana, no creyó que fuese por don Quijote, sino por alguien que habría dejado buenos ducados para misas y responsos. Y don Quijote era más bien tirando a pobre y ya se murmuraba que su hacienda estaba en bancarrota. De todos modos no tenía dineros para soltarlos en misas ni endechas. Ni en pagar al campanero. Más Carde, cuando la gente supo que doblaban por don Quijote, algunos lo explicaron de esta manera maliciosa: era amigo del cura.

El caso es que amigos o enemigos de don Quijote, partidarios y detractores no ceñían la menor idea de lo que se les iba a echar encima con aquella muerte.

Más aún, no había muerto y ya habían empezado a verse no sólo por



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