
o más increíble, tanto o más aventurera que la del propio don Quijote, de Gínés de Pasamonte, el canalla galeote a quien liberó aquél y que no estaba resignado a desaparecer de la vida de Cervantes, o la del noble bandido Roque Guinard, que agasajó al caballero manchego en su manida, o la de Cardenio, conocido como El Roto o enamorado, o la de la dulce Dorotea, que el azar llevó a las profundidades de Sierra Morena, o las de la hermosa Luscinda y don Fernando, o la del cautivo capitán Ruy Pérez de Biedma y la morisca Zoraida, o la de su hermano, don Juan de Biedma, oidor que iba proveído a la Audiencia de Méjico con doña Clara su hija, o la del morisco Ricote, vecino de Sancho, que dejó enterrados dos tesoros en el pueblo cuando lo expulsaron de España como a todos los de su nación y a quien el propio Sancho y su familia iban a estarle eternamente agradecidos, o la de aquellos duques estúpidos que acogieron a don Quijote y Sancho durante un par de semanas con el único propósito de proporcionarle a sus tediosas vidas un poco de entretenimiento, como suelen hacer a menudo los ricos sin novela con los pobres con ella, o la novela de don Álvaro de Tarfe, que creyó que don Quijote era quien no era, y que luego se enmendó sin que le dolieran prendas en cuanto lo vio, o la historia de la pobre Dulcinea… La dulce, la triste, la abandonada Dulcinea, que tanto llegó a odiar a don Quijote, la trágica y un poco cómica historia de Dulcinea…
De modo que la historia de don Quijote, el mismo día que murió, despertó, a cada cual más admirable, otras cien historias que estaban a su lado haciendo la guarda para ser contadas, y que de no haber sido por don Quijote habrían permanecido eternamente en su limbo.
Y ni siquiera la novela de don Quijote se abrochó al morir él. Tampoco supo, cuando murió, los innumerables problemas que su mala cabeza dejaba concernientes a la hacienda. «Feliz don Quijote que se ha muerto en la completa ignorancia», llegó a decir don Pedro, haciendo referencia a tanto desarreglo.