
Y ocurrió también otra cosa. Al morir don Quijote, los más ingenuos pensaron que se cerraba su historia, de la misma manera que, aunque sea mala comparación, decimos: muerto el perro, se acabó la rabia. Los que sabían que la locura y las graciosas extravagancias de don Quijote eran la causa de que Cide Hamete BenengelL el cronista árabe a cuyos oídos llegaron, las pusiera por escrito, y de que Miguel de Cervantes las mandara traducir, los que sabían esto, es posible que pensaran que, muerto don Quijote, todo había concluido. Pero no fue así, porque las historias responden al conocido símil del cesto-de las cerezas, las cuales, cuando alguien quiere sacar una, se eslabonan, hasta arrastrar a todas las demás, no sólo de ese cesto, sino del mismo mundo de los cerezos, y de ese modo, tras la historia de don Quijote, estaba esperando la historia de Sancho Panza, y con la suya, la de Teresa Panza y la de sus dos hijos, Teresica y Sanchico, y la del cura don Pedro, y la de maese Nicolás, y la de Sansón Carrasco, y la de la sobrina y la del ama del hidalgo, y todas las historias de aquellos que en algún momento tuvieron que ver con el caballero, la historiador ejemplo, tanto
