Aquella casa funcionaba gracias a Quiteria. De eso no había ninguna duda. El tiempo que don Quijote se pasó fuera llevando vida de caballero andante, se hizo la cosecha de casa, se recogió el grano, se vendimió, se condujo el trigo al molino y se pisó la uva, como sí hubiera estado el amo allí. Como las dos salidas de don Quijote fueron en verano, Quiteria le dijo: «Señor Quijano, ¿y no podría vuesa merced para dejarnos buscarse otras efemérides que estas en las que se cosecha el año?». Insinuaba que podía irse a fijar en otras fechas para sus correrías. Ni qué decir tiene que don Quijote ninguna de las dos veces respondió a esa pregunta, no por arrogancia, sino porque había llegado a un punto en el que ya no escuchaba lo que no quería oír ni oía lo que no podía escuchar, ni aun queriendo, pues tenía puesta la cabeza en más altos negocios.

En cambio Quiteria tenía el oído finísimo, y al contrario que todos, que conversaban en murmullos delante del muerto, ella habló sin bajar la voz, no por falta de respeto al difunto, sino para probar si don Quijote se despertaba, o cerciorarse de que en efecto había muerto.

Quiteria había dejado ordenado que cuando ella muriese le vertieran cera caliente en los párpados y luego aceite hirviendo por una oreja, y que sólo si no rebullía después de eso, la llevaran al cementerio. Tal espanto le causaba el que pudieran enterrarla viva, y lo que no quería para ella mucho menos lo hubiera deseado para don Quijote. Por eso envió a buscar al médico, no para que certificara que estaba muerto, que eso fue una cosa que pudo ver todo el mundo, sino que no iba a despertar cuando estuviera ya a dos metros bajo tierra.

De los presentes, sin embargo, quien más acusó la mala nueva, no por esperada menos penosa, fue Sancho Panza, el obediente escudero de don Quijote.

Se había pasado la noche apartado de todos, sin querer hablar con nadie, sentado en una sillita baja de enea, al pie de la puerta, por si su amo lo llamaba o quería de él alguna cosa.



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