
Maese Nicolás Calderón se quedó un poco apartado, esperando junto al cura turno para formalizar el besamanos con la sobrina. Era barbero, sangrador, albéitar, colmenero y médico si no había uno cerca. Era también corresponsal de cinco academias manchegas. Con esto último ya está dicho todo para saber que era un hombre buenísimo. Quizá porque él mismo era corpulento y estaba forrado de buenas mantecas, se mostraba muy partidario de sangrar a los enfermos. Y no sólo eso: durante unos días él se culparía de la muerte de su amigo por haber tardado tanto en sangrarle y dejar que los malos humores se la pudrieran, contra la opinión del médico, enemigo de las sangrías y con el que no se llevaba nada bien, hay que decir.
Juan Cebadón era el gañán que trabajaba desde hacía dos años como mozo de caballeriza y casa en la de don Quijote, y lo primero que hizo fue ponerse al lado de Quiteria, como quien sabe que muerto el capitán es e¡ alférez quien toma el mando, y así, servicial y calculador como era, preguntó al ama:
– ¿Ordena vuesa merced alguna cosa, ama?
Y el ama, sin saber muy bien lo que le decía ni para qué lo envió a poner los corderos con sus madres y dar de comer al ganado y a sacar agua del pozo, porque de todos modos el agua nunca estaba de más en una casa grande como aquélla, y a los corderos tanto les daba que hubiese muerto el mismo rey para quedarse sin su rancho. Y cuando Cebadón se estaba yendo con la colodra del ordeño, recordó el ama lo más importante, y le ordenó que buscara al médico, que vivía en el otro extremo del pueblo, porque tenía ella desde niña un miedo cerval a las catalepsias, y a enterrar viva a la gente sólo porque pareciese muerta.
