Habían pasado la noche los veladores hablando de esto y de lo otro, y aunque lescausaba mucha tristeza su muerte, se habían hecho ya a la idea y algunos incluso, pese a no atreverse a declararlo en voz alta, pensaban que era mejor que se muriese cuanto antes, si había de morirse.

Ya hacía un.rato que había salido el sol.

– Vete a ver a tu tío, cómo sigue -le pidió el ama Quite-ría a Antonia Quijano, la sobrina de don Quijote, al tiempo que empezaba a preparar los gazpachos-. Si duerme, déjale dormir; y si se ha despertado, pregúntale qué ha menester.

A Antonia Quijano, la sobrina, no le gustaba que el ama Quiteria le diese órdenes, pero le debía obediencia. El ama la había criado como una madre, y como a madre le había ordenado siempre su tío don Quijote que la quisiera, pero nadie manda en los afectos, y Antonia no conseguía querer del todo a Quiteria. La respetaba, la obedecía, la escuchaba, pero no la quería. Se preguntaba, «¿y por qué he tenido que tener esta madre y no la mía?»;Y sabía que si perseguía hacer sufrir al ama, bastaba con decirle: «Tú no eres mi madre, tú en mí no ordenas, tú no eres nada mío, tú en esta casa no mandas».

En esos días que don Quijote andaba un si es no es que se moría, Antonia Quijanopensó que de morirse su tío, cambiarían algunas cosas en aquella casa. Ella era la sobrina, ella era la dueña, ella iba a ser la señora, ella daría las órdenes, y en su corazón se esponjó ese sueño secreto.

Pero la sobrina sabia que mientras don Quijote siguiera vivo, él era el dueño de todo aquello, y seguirían haciéndose las cosas tal y como él había dispuesto siempre que se hicieran.



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