
Así pues cuando Quiteria le pidió que se acercara al aposento de don Quijote, Antonia obedeció.
Llevaba enfermo don Quijote nueve días y nadie sabía de qué. «Desabrimientos, penas, disgustos… ¿quién no los tiene? Tonterías», había contraatacado Quiteria, y trató de restablecer la salud de su amo con las yemas de una docena de huevos cada mañana. Pero tales cuidados se mostraron ociosos, porque se moría sin querer probarlas. Sólo pasaba caldos o una o dos cucharaditas de granzas calientes. Y cosa extraña, sinhaberse quejado de nada en ningún momento. Ni entonces, que estaba postrado en el lecho, ni en todos los años de su vida. Ni unresfriado, ni un dolor de cabeza, ni desarreglos en la orina, ni el estómago delicado, ni el hígado colérico como cabría suponer en una constitución biliosa como la suya. El mucho ejercicio, en inacabables jornadas de caza y la moderación rigurosa en el comer y en k bebida (y nunca vino, sino aguapié, y muy rebajado), lo había hecho invulnerable a los achaques, como uno de esos cristos de palo de los altares en los que no puede meterse la carcoma.
Los últimos tres meses había llevado la durísima vida de los caballeros andantes, había dormido a la intemperie, le habían molido los huesos o se los habían sacado de su coyuntura, había comido pésimamente o no comido o a deshora, se había pasado las noches en vela, había perdido más de la mitad de los dientes y muelas, arrancados de cuajo en las refriegas y lances propios de su orden, había adelgazado una arroba más, lo cual casi era milagro porque no se hubiera podido adivinar de dónde se había quitado aquellas libras de carne, y nunca se había sentido más joven ni más entero, para sus cincuenta años. No, jamás se quejó de ninguna dolencia física don Quijote, y ni aun de las otras, porquesabía que la queja trae descrédito siempre para el quejoso.
