
– La organización desmontada era suya, no nuestra, amigo mío.
– Son las reglas del juego, señor Rodríguez… las reglas del juego -repitió con cierto énfasis -. Esta carnicería no era necesaria. Usted, que es persona sensata, me entiende bien. Lo lamento -añadió, meneando la cabeza de derecha a izquierda -. Su señor Gardner pagará por esto.
Me levanté y, con una breve inclinación de cabeza, le dije:
– Buenas noches, señor Markoff.
Markoff ni me miró. Se secó una vez más el sudor. Dejó el vaso de whisky, se rebuscó en el bolsillo de la chaqueta y sacó una manzana. Le dio un mordisco. Luego, cogió un palillo de los que habían estado pinchados en unas aceitunas que le habían servido con el whisky, se limpió los dientes con él, lo clavó en la manzana y la dejó en el cenicero. Sacudí la cabeza, me di la vuelta y me marché.
Hacía años que no le había vuelto a ver. También es cierto que hacía años que no estaba yo involucrado en una operación dentro de los Estados Unidos, por más que no sé si es correcto llamar "operación" a subirle los pantalones a Gardner y a escamotear a su amante dama.
Lo cierto es que Gardner era efectivamente uno de los hombres mejor protegidos del país, aunque alguna vez se nos escapara algún detalle. Sé bien que decir de Markoff y sus hombres que son un "detalle" resulta un tanto despreciativo, pero es que había veces en que se me llevaban los demonios: cuando Gardner salía de su casa o iba al cine con su mujer, aquello parecía la ocupación de Berlín por las fuerzas aliadas; y, en otras ocasiones, como en ésta o como cuando iba a visitar a su santa madre al asilo de ancianos en el que la tenía recluida en Virginia (residencia para la tercera edad, las llaman ahora), iba prácticamente sin protección. Cosas que hacen los hombres de acero para demostrar que son humanos. La locura, vamos.
