La KGB le tenía jurada venganza a Gardner por una jugada que les había hecho muchos años antes y que les había costado toda su red de espionaje en el Midwest americano. En aquella ocasión, hubo más sangre de la necesaria. Gardner se excedió en su ferocidad; incumplió las reglas del juego. Desde entonces, pesaba sobre su cabeza un contrato abierto.

En el mundo esotérico del espionaje, se opera sobre la base de lo que es estrictamente necesario: nadie sabe más de lo que es indispensable; el principio del ojo por ojo, diente por diente se aplica con absoluta justicia retributiva, y las operaciones de limpieza afectan exclusivamente a quienes debe afectar y a nadie más. Sólo de vez en cuando alguien pierde los nervios y la medida de las cosas se disparata. Hay más escándalo del necesario, más muertes de lo indispensable; diplomáticos, aparentemente inocentes, son expulsados de los respectivos países, y todo el asunto acaba trascendiendo a la prensa. Suele haber en esos momentos un instante de histeria en equilibrio muy precario que el más mínimo incidente rompe, con consecuencias generalmente sangrientas. En la operación del Midwest americano, Gardner perdió por una vez los nervios. Recuerdo, como si fuera ahora, una llamada de teléfono a mi habitación de hotel.

– ¿Señor Rodríguez? ¿Podemos hablar un momento en el bar?

– ¿Cuchillos o whisky? -contesté.

– Whisky, naturalmente. Somos gente respetable.

Markoff me esperaba en un rincón apartado del bar del hotel.

A pesar de la media luz, la palidez de su rostro era perfectamente distinguible.

– Todo esto ha llegado muy lejos -dijo con evidente cansancio.

Su cara, generalmente risueña, estaba seria. En la mano derecha llevaba un pañuelo con el que, de vez en cuando, se secaba el sudor de la frente. Cogió el vaso de whisky con la izquierda; al llevarlo a los labios, le tembló imperceptiblemente. Mala señal.



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