
– No te imagino haciendo travesuras con ese aire de niña ingenua que ahora tienes. -Se acercó con una copa de coñac en cada mano y le ofreció una.
– Gracias. -La mujer se levantó y dio unos pasos hasta el ventanal -. Es de verdad increíble -murmuró.
De pie, era aún más alta de lo que parecía cuando estaba sentada.
Fuera, la luna, inmóvil y brillante, prestaba al paisaje del East River y de los rascacielos que se amontonaban hacia él una cualidad etérea, suspendida en el aire, como piezas de un rompecabezas de cristal. A aquella altura, los ruidos de la ciudad llegaban apagados, con sordina, sólo rota por los continuos bocinazos y sirenas de los coches de bomberos, las ambulancias y los automóviles azules de la policía. Un raudal de plata flotaba en el río, reflejando la luna. Alguna cornisa cubierta de nieve reforzaba la impresión de una ciudad que, con el frío, había llegado al punto de resquebrajamiento.
– Parece casi frágil este monstruo, ¿verdad?
– Humm. Hay que acostumbrarse a él. Pero a mí me cuesta cada día más trabajo. Toda mi vida, desde que era niña, he vivido rodeada de plantas y bosques. A mí, esto del cemento no me va.
Se volvió sonriendo; y desdecía, con su elegancia y sofisticación, su pequeña declaración campesina.
Él se acercó a la ventana. Miró hacia el río y luego se volvió hacia ella. Sus rasgos tenían la cualidad impasible y escudriñadora de quien está acostumbrado a mandar y, sobre todo, a que se le obedezca.
Repentinamente sonrió.
– ¿Sabes una cosa? Hace mil años que no bailo. Seguro que ya no sabré, pero, mirándote, lo único que se me ocurre es decirte que bailemos.
Sin esperar a que le contestara, fue hacia la enorme biblioteca. Manipuló unos botones y, al instante, empezó a sonar una música suave y rítmica. Sin volverse, se acercó a la chimenea, dejó su copa sobre la repisa, ladeó la cabeza y miró al fuego. Se inclinó, tomó un grueso tronco de un gran caldero de cobre y, cuidadosamente, lo colocó encima de las llamas. Se enderezó y se dio la vuelta.
