
Ella no se había movido. De pie, quieta, ausente, enfundada en su traje negro, parecía casi transparente. Se sacudió con un escalofrío y fue hacia él. Le entregó su copa y permaneció inmóvil hasta que él la tomó en sus brazos.
Empezaron a bailar en perfecta sincronía.
Fue apenas un gesto. Apenas la sugerencia de un momento que se escapó al ritmo. Una larga aguja apareció en la mano izquierda de la mujer. Con un movimiento fluido y rapidísimo, colocó la punta de la aguja en el cuello de él, a la altura de su segunda vértebra cervical, y empujó hacia sí, como si quisiera estrechar su abrazo. La aguja penetró limpiamente y seccionó el tallo cervical.
Sin un ruido, con un solo y profundo suspiro, el hombre murió. Sin sufrir y sin darse cuenta. Se le doblaron las rodillas y cayó al suelo.
Se quedó quieta mirándole. Ni siquiera había soltado la aguja. Cuidadosamente, le pasó un pie por encima y, luego, el otro. Se acercó a la consola de música y la apagó con la mano derecha. Aún llevaba la aguja en la izquierda.
Se dirigió hacia la puerta. En su umbral, se volvió y paseó lentamente la mirada por la habitación. Hizo un rápido gesto afirmativo con la cabeza y salió. Se acercó a un pequeño taburete que había en el vestíbulo. Su bolso estaba colocado encima de un abrigo de piel de lobo. Lo abrió y metió la aguja. Luego, dejó el bolso a un lado y se puso el abrigo; y, mientras lo hacía, examinaba con verdadero y frío interés cinco pequeños cuadros renacentistas que colgaban de la pared, encima del taburete. En cada marco había una pequeña chapa de latón en que rezaba: Durero.
Cerró la puerta del apartamento con cuidado y llamó al ascensor.
