
– Buenas noches, señorita -dijo el ascensorista.
– Buenas noches.
Las puertas metálicas se cerraron con el estrépito siempre reconocible de los ascensores neoyorquinos.
Salió a la calle. Unos metros a la izquierda del portal estaba estacionado un taxi con la luz encendida. El taxista levantó la cabeza, se llevó dos dedos a la frente en señal de aquiescencia, arrancó el motor y dejó que el coche rodara hasta donde esperaba ella.
– Al aeropuerto Kennedy, por favor.
CAPITULO PRIMERO
El día en que murió Marta yo no estaba delante. Marta era mi mujer, la persona más increíblemente bella, sensible e inteligente que he conocido y que, probablemente, conoceré en mi vida. Creo que lo que más me afectó al principio fue no haber podido ser testigo, no haber estado físicamente allí para sentir masoquistamente mi impotencia. Me pareció que alguien me había quitado el derecho a contemplar personalmente el acontecimiento que rompió en dos mi vida. Todavía hoy, me levanto por la mañana cada día y me acuerdo de ella y de quien ni siquiera me dio la oportunidad de atesorar los últimos momentos de su existencia, de mirarle la cara tan terriblemente expresiva, la sonrisa tan repentina, y de saber que era la última vez que lo hacía.
Algún día me pasará por delante, pensaba yo a cada momento.
Me levanté, como siempre, con el súbito recuerdo de Marta, como un rito, y me asomé a la ventana. El día era gris y frío. Es irónico que ahora no recuerde aquella mañana como particularmente ominosa. Nada hacía presagiar que se iniciaba la cadena de coincidencias que terminaría en el desastre en que acabó la operación cordón sanitario. Nina Mahler, Dios la bendiga, tenía la imaginación calenturienta y se le ocurrían unos nombres inevitablemente grotescos. Cordón sanitario, naturalmente, fue rebautizado como tampax por Dennis tres minutos después de que yo le hablara de mi nuevo encargo.
