Dennis me miró por encima de las gafas, resopló, me guiñó un ojo y metió un trozo de pan en la tostadora. Es un hombre menudo, rubio, con aire delicado y pulcro. Por las mañanas aparece con el pelo revuelto y un mechón en punta que le destapa la calva. Supongo que, cuando se levanta, está tan dormido que nunca se acuerda de peinarse. Es lo único que se me ocurre para explicar el mechón revuelto, si se tiene en cuenta lo vanidoso y meticuloso que es.

En la cara, algo infantil e ingenua, destacan los enormes y saltones ojos azules que miran al mundo con aire de total inocencia y con permanente sorpresa. La existencia de Dennis no ha sido precisamente un camino de rosas. Pero es el hombre más valiente que conozco: me salvó la vida, y eso, para mí, considerando las condiciones en que lo hizo, es valentía suficiente.

A veces me inquietaba, pero él vivía su vida y yo la mía. Confieso que cuando, en alguna ocasión, por la noche entraba en mi habitación y se sentaba a charlar en el borde de mi cama, no podía evitar un cierto desasosiego. Luego respiraba hondo y se me pasaba. Como si no pudiera darle un sofionazo a un hombre que quisiera insinuárseme. Pero no dejaba de despertar en mí una cierta irracional inquietud.

– Te dejo que mires el periódico, anda.

El Washington Post estaba encima de la mesa de la cocina, la única habitación de mi casa que es absolutamente fría e impersonal. Como un quirófano. Manías mías. Desde pequeño en Puerto Rico, tengo la obsesión de la pulcritud en la comida. Comí tantas porquerías, tuve de niño tantas diarreas, que me juré un día, lo recuerdo bien, que, si podía, cocinaría con guantes desinfectados alimentos congelados comprados en un supermercado aséptico. Luego las cosas cambian y acaba uno descubriendo que no todo es verdura podrida en el mundo. Viviendo solo, aprendí a guisar las cuatro cosas que me gustan. Pero la cocina quedó como una patena: con baldosín blanco, muebles impolutos, todo en absoluto orden. Son manías mías.



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