– Ah sí, lo he escuchado decir -intervino Arsites-. Alejandro guarda una copia de la Ilíada de Hornero junto a la daga debajo de la almohada.

– Su frase favorita es -añadió Memnón citando la Ilíada- «Aquiles nació de una madre inmortal». Se ve a sí mismo como la reencarnación del mayor héroe de Grecia.

– Has mencionado una segunda debilidad -insistió Darío.

– Dada su estirpe -respondió Memnón, incapaz de resistirse al reto-, Alejandro está dividido entre una profunda superstición y el deseo casi irreprimible de enfrentarse a los dioses, de demostrar que es uno de ellos.

– ¿Le gusta el oro?

– Lo reparte como si fuera la arena de la playa.

– ¿Las mujeres?

– Las respeta.

– Mis espías -afirmó Darío- dicen que tiene un amante, Hefestión.

Memnón estaba a punto de asentir cuando recordó un viejo proverbio: «Conoce a tu enemigo de verdad». El rodio se enorgullecía de una cosa: la verdad.

– Es lo que susurran sus enemigos -confesó-. Otros dicen que Hefestión es una figura paterna, el consejero íntimo de Alejandro.

– ¿Entonces? -preguntó Darío reclinándose en los cojines-. ¿Por qué viene? ¿En busca de gloria? Memnón se encogió de hombros.

– Viene con sed de conquista. Para cumplir el sueño de su madre de que él es Aquiles redivivo. Para librar una guerra santa contra el imperio persa de Jerjes y Ciro, para demostrar que es un dios…

– O para demostrar -le interrumpió el emperador con un tono desabrido- que es más hombre que su padre. Por lo tanto, sabemos que vendrá -añadió, casi como si hablara consigo mismo-. ¿Cómo?

– Su flota es escasa -replicó Memnón-. Cuando cruce el Helesponto, podrás…

– No, no -saltó Darío sacudiendo la cabeza-. Quiero que venga con su ridícula tropa para abrazarlo contra mi pecho y estrangularle hasta la última gota de vida. Quiero mostrar a toda Grecia lo que pasará. Cuando haya derrotado a Alejandro, visitaré el Partenón en Atenas para enseñarles quién es su verdadero amo.



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