
– ¿Qué pasó después? -quiso saber Darío.
– Alejandro marchó al exilio. Cuando regresó, la nueva esposa de Filipo había dado a luz a un niño.
– ¿Fue entonces cuando asesinaron a Filipo?
– Sí, estaba celebrando una gran fiesta, un encuentro con todos los Estados griegos, cuando un antiguo amante, Pausanias, que había sido sodomizado por algunos de los amigos de Filipo, se abalanzó sobre él y le clavó una daga alada céltica en el corazón.
– ¿Mataron al tal Pausanias?
– Intentó escapar, pero tropezó en unos matorrales. Los guardaespaldas de Filipo lo mataron. El cadáver fue crucificado.
– ¿Qué pasó con el verdadero asesino? -preguntó Arsites.
– Corrieron infinidad de rumores referentes a que Olimpia estaba detrás de Pausanias. También se insinuó que el propio Alejandro conocía el plan para el regicidio.
– ¿Él proclamó su inocencia? -preguntó Darío.
– Por supuesto, mi señor. Olimpia, sin embargo, colocó una corona de laureles en la cabeza, decapitada de Pausanias, quemó el cadáver y desparramó las cenizas sobre la tumba de Filipo.
– ¿Nadie avisó a Filipo de lo que se tramaba?
– Recibió un enigmático aviso del oráculo de Delfos -añadió Memnón moviéndose inquieto.
– ¡El toro está preparado para el sacrificio! -exclamó Darío-. Todo está listo. ¡El verdugo espera!
– Sí, mi señor. Filipo creyó que el toro eras tú.
Darío se echó a reír con grandes carcajadas.
– Continúa, Memnón.
– Alejandro está confuso. Quiere a Olimpia. Afirma que una sola de sus lágrimas vale más que un millar de cartas, pero se siente repelido por ella. Olimpia arrojó al hijo recién nacido de Filipo a las brasas e hizo que la madre mirara como se quemaba el bebé hasta que la joven, enloquecida, se ahorcó. Olimpia ha llenado la mente de Alejandro con las dudas sobre su propia paternidad y también con los vagos sueños de que él es hijo de un dios. Le recuerda constantemente a Alejandro que Aquiles es uno de sus antepasados.
