
– ¿Todo está preparado? -preguntó el emperador.
Memnón no escuchó ninguna respuesta. Darío se levantó bruscamente. Cogió el matamoscas con el mango enjoyado y lo golpeó contra el muslo.
– Mi señor -exclamó Arsites, que se levantó en el acto-. ¿Qué sucede?
Darío ya se alejaba. Hizo un gesto con el matamoscas para que lo siguieran. Cuando pasó junto a una ventana que daba a los jardines, hizo una pausa y se volvió.
– Memnón, amigo mío, ¿sabes qué es una torre de silencio?
Memnón miró al monarca.
– Adelante -le urgió el rey persa-. ¡Díselo a tus compañeros!
– Es una tradición de tu pueblo, señor. Llevan a sus muertos a una de esas torres y los cuelgan de las vigas.
– ¿Qué más? -insistió Darío-. ¿Qué pasa entonces, Memnón?
– Dejan que el cadáver se pudra, que se desprenda la carne; se pudre y no puede contaminar a ninguna cosa viva.
– ¿Para que los vivos permanezcan limpios? -murmuró Darío.
Memnón miró rápidamente hacia la ventana, atraído por unos débiles sonidos y el resplandor de las antorchas.
– Todos debemos mantenernos limpios -añadió Darío regresando a paso lento-. Mencioné espías. ¿Sabías, general Memnón, que tengo a un espía muy cerca de Alejandro?
– ¿La persona que llamas Naihpat?
– La persona que llamo Naihpat -asintió Darío-. Naihpat es siervo de Mitra, el amo de mis secretos.
Memnón no reaccionó. Sabía algo de esto por los rumores y los cotilleos. Nunca había conocido al tal Mitra. Sin embargo, Darío confiaba plenamente en él y la gente llamaba a este misterioso guardián de los secretos con el apodo de La Sombra del Rey.
– ¿Sabías, Memnón, mi amigo, que Alejandro tiene a un espía cerca de ti? ¿Quizás a dos, o incluso a tres?
