Memnón notó la boca seca. Se le tensaron los músculos de las piernas.

– Mi señor, eso…

El general se mordió la lengua; llamar mentiroso a cualquier persa era el mayor de los insultos.

– Tengo ojos y oídos -replicó Darío-. Soy el gran rey. ¡Ven!

Se acercaron a la ventana. Memnón miró al exterior. Abajo en el jardín había erigido una gran cruz de madera. Un hombre, totalmente desnudo excepto por la mordaza, había sido crucificado y su cuerpo era una masa de morados de la cabeza a los pies. Memnón notó como si un puño le apretara el estómago cuando se dio cuenta de que el reo también había sido castrado; había una masa sanguinolenta donde habían estado los genitales. Oyó un suave gemido y se volvió en el acto. Lisias estaba pálido como un fantasma y gruesas gotas de sudor empapaban su frente.

– ¿Reconoces a aquel hombre, general Memnón? Quizá no sepas quién es. En cambio, tu buen amigo Lisias sí lo sabe.

Memnón miró al hombre crucificado; le habían cortado los cabellos como a cualquier otro convicto.

– ¡Es Cleandro! -exclamó Memnón mirando horrorizado a Lisias-. ¡Es uno de tus comandantes! Un tebano, ¿no es así?

– También es el mensajero de Lisias -declaró Darío.

Lisias, con la espalda contra la pared, temblaba como si tuviera fiebre.

– ¡Lo puedo explicar todo! -tartamudeó.

Memnón se enfrentó con él, con su rostro apenas separado de la cara de su subordinado.

– Lisias, ¿qué significa esto?

– Envié a Cleandro con un mensaje para Alejandro. Me reuniría con él en Troya. Me ofrecía a traicionarte.

– ¡Tú! -exclamó Memnón apartándose y alzando una mano.

Lisias sacudió la cabeza.

– No era una traición. Tú lo sabes.

– Entonces, ¿por qué?

– Soy tebano -contestó Lisias con dificultad-. Mi esposa, mi familia, todos murieron en Tebas. Tengo una deuda de sangre con el macedonio. No te traicionaría a ti, mi señor. Quería encontrarme con Alejandro y matarlo.



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