– No es eso lo que nos dijo Cleandro -apuntó Arsites.

Lisias se volvió con su rostro desfigurado por la rabia.

– ¡Por supuesto, diría cualquier cosa sometido a la tortura! Mi señor rey. ¿Es esto obra de Arsites? -preguntó Lisias mirando a Memnón con una expresión de súplica y habiendo hincado una rodilla en el suelo-. ¡Tú sabes cuánto nos odian! ¡Te odian! Cuando vayamos al combate, se saldrán con la suya y te pondrán todas las trabas. La única manera de detener a Alejandro es matándolo. Lo iba a hacer por ti. Por mí. ¡Por todos nosotros! -concluyó mirando al resto.

– Si es así -dijo Arsites con un tono casi amable-, ¿por qué Alejandro aceptó? Pido disculpas, mi señor -añadió con una sonrisa presuntuosa-, pero nuestros exploradores capturaron a Cleandro a su regreso a través del Helesponto.

– ¿Sabías que se había marchado? -preguntó Darío.

Memnón sacudió la cabeza.

– ¿Por qué Lisias no te habló de este plan?

– Lo hubiese hecho -farfulló Lisias-, pero necesitaba estar seguro. Creí que Cleandro se había demorado.

Memnón miró a su comandante de caballería. Por un lado, Memnón le creía, pero por el otro… ¿Enviar a un emisario al campamento enemigo sin siquiera pedir su permiso?

– ¿Sabías que Alejandro se encontraba de visita en Troya? -preguntó Darío con una voz que era poco más que un susurro.

El general volvió a sacudir la cabeza.

– Yo tampoco -continuó el Rey de Reyes-. No hasta que Cleandro cayó en las garras de Arsites -precisó tocando suavemente la muñeca de Memnón-. Incluso si fuese cierto -añadió-, ¿quién es Lisias para decidir la estrategia? No quiero ver asesinado a Alejandro y que se convierta en un héroe, en un mártir, para toda Grecia. Eso sería sencillamente demorar lo inevitable durante unos meses, o quizás años. Dejemos que Alejandro cruce. Dejemos que se encuentre con el destino que le tengo preparado.



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