
«Tú no has cambiado», pensó Telamón. De todas las mujeres que había conocido, mejor dicho, de todas las personas que había conocido, Olimpia, de la tribu de Molossus, era la única que le asustaba de verdad. Observó su rostro sin arrugas y con la nariz afilada y los carnosos labios rojos, pero eran los ojos lo que le atraía, como los de un gato salvaje, brillantes, inquietos; te miraban como si quisieran arrebatarte la vida de tu alma. Telamón tragó saliva y escuchó su respiración. Conocía las reglas del juego: nunca mostrar tu miedo a Olimpia. Se engrandecía con el miedo de los demás. Ahora estaba interpretando el papel que había escogido: provocadora y coqueta, pero, por debajo, un aire de terrible amenaza. Telamón tuvo la sensación de estar actuando en una de las obras de Sófocles. Cuando le sacaron sin más de la casa de su madre, el capitán de la guardia de Olimpia se mostró cortés, pero firme: era un invitado de la corregente de Macedonia.
«¿Por qué», le había, preguntado Telamón. El oficial se había quitado el casco y, después de enjugarse el sudor de la frente, le había respondido con la mirada puesta en la fuente del pequeño patio: «Porque es así como ella lo quiere».
Telamón se había lavado la cara y las manos, se había cambiado la túnica, se había echado una capa sobre los hombros, se había despedido de su madre con un beso y, escoltado por los Compañeros de a pie, se había dirigido a la residencia real. Primero le habían llevado a la Casa de los Muertos y, tal como le ordenaron, estudió el cadáver tendido sobre una mesa de madera. Después le habían servido vino, pan y queso, y a continuación le habían traído aquí, al corazón del palacio, al centro de la telaraña de Olimpia.
