
Telamón se movió inquieto en la silla. Olimpia continuaba mirando el techo, un tanto reclinada en el trono con adornos de plata. A cada lado de la tarima, montaban guardia los oficiales de los Compañeros de a pie vestidos con el uniforme de gala: cascos azules con plumas rojas a los lados y viseras de oro que daban sombra a los ojos; más abajo, los grandes cuellos rojos que les cubrían los hombros como pañoletas. Permanecían inmóviles como estatuas con sus corazas labradas y las faldas y las espinilleras de plata con los bordes rojos, sujetando las lanzas en una mano y las rodelas en la otra, adornadas con una ménade de ojos salvajes y rostro feroz, el símbolo personal de Olimpia.
Telamón tosió. Olimpia siguió contemplando el techo y el médico, para distraerse, echó una ojeada por la sombría cámara, calentada sólo por un brasero que crepitaba y platos de bronce llenos de ascuas. «¿Habían rociado las brasas con alguna sustancia?», se preguntó Telamón. ¿Algún extraño perfume? ¿Hojas de laurel o mirto? Desde luego, no era incienso; ¿quizás hojas de roble o pétalos de loto machacados? El perfume agridulce irritó la nariz de Telamón y estimuló su memoria. ¿Qué era? Entonces lo recordó, incluso mientras Olimpia apartaba sus ojos del techo para mirarle directamente. Una mirada de los ojos verde oscuro de esta mujer serpiente, la Reina Bruja, y Telamón recordó sus visitas a la academia en Mieza. ¡Era su olor! Recordó a Olimpia en cuclillas delante de él, que le pasaba un dedo por la mejilla mientras le preguntaba si quería de verdad a su precioso Alejandro.
Una frase de las Bacantes de Eurípides llamó la atención de Telamón: estaba escrita en la pared directamente detrás del trono: «Dionisio merece ser honrado por todos los hombres. No quiere a nadie que no le adore». Olimpia se giró en su trono para mirar la pared.
– Mandé que los pintores la pusieran allí. ¿ Crees lo que dice, Telamón? ¿No te parece que todos deberían beber el vino sagrado? -preguntó volviéndose para mirarle a la cara-. La sagrada sangre de los dioses, el zumo de la gorda uva aplastada. ¿Eres un seguidor de Eurípides, Telamón? ¿O sólo un admirador de sus obras?
