– Prefiero mucho más el tratado sobre la embriaguez de Aristóteles.

– ¡Ah, Aristóteles! -exclamó Olimpia echándose a reír-. ¡Ese elegante y zanquilargo afectado! ¿Así que no te gusta el vino?

– No he dicho tal cosa, mi señora.

La reina continuó con sus provocaciones.

– En el canto VI de la Ilíada, Hornero afirma que el vino revitaliza el cuerpo.

– En el mismo canto, también dice que consume tus fuerzas.

– No me agrada -murmuró Olimpia, en otra cita de la Ilíada, mientras repicaba con los dedos en el brazo del trono- continuar protestando implacablemente.

– En ese caso, mi señora, quizá quieras decirme por qué estoy aquí.

La sonrisa desapareció del rostro de la reina. Golpeó el suelo con la punta de la sandalia y cogió un brazalete que comenzó a deslizar arriba y abajo por la muñeca.

– ¿Echas de menos los huertos de Mieza, Telamón?

– Echo de menos a mis amigos.

– ¿Echas de menos a mi hijo?

– Mi señora, ya tienes la respuesta. Echo de menos a mis amigos.

Olimpia se echó a reír bruscamente. Telamón se sobresaltó cuando una de las antorchas, sujeta en la pared a su izquierda, hizo un último chisporroteo y se apagó. La reina le señaló con un dedo.

– Entonces, ¿por qué estás aquí?

– Porque tú me has llamado.

– No, ¿por qué estás en Pella?

– Lo estoy desde el otoño.

Olimpia, como si se aburriera con esta conversación, se levantó, bajó de la tarima y caminó hacia él. -Filipo está muerto. Mi marido, el rey.

– Lo sé, mi señora.

– Coroné a su asesino.

– Lo sé, mi señora.

– No estoy diciendo que lo maté -apuntó Olimpia yendo a situarse tras de Telamón.



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