
– Era de una pierna, mi señora: un fémur. Yo tenía razón; tu hijo estaba equivocado.
– No te gusta que maten, ¿verdad? Recuerda cuando Ptolomeo encontró un pichón y dijo que lo sacrificaría sobre una piedra; tú te echaste a llorar con tanta desesperación que Ptolomeo soltó el pichón.
– Tu memoria te ha vuelto a fallar, mi señora -dijo Telamón, consciente de que Olimpia se había apartado-. Tu hijo Alejandro intervino. Le dio un puñetazo en la nariz a Ptolomeo y él soltó el pájaro, que escapó volando.
– Ah sí. Ahora mírate, Telamón -ordenó Olimpia dándose la vuelta y deteniéndose ante él, con los dedos en la barbilla; entonces chasqueó la lengua-. Telamón ataviado con la túnica y el manto del físico. Déjame que estudie tus síntomas. Déjame juzgar tu apariencia.
La reina retrocedió como si juzgara su valía. Telamón sostuvo su mirada.
– Eres más alto de lo que esperaba -confesó en un susurro-. El pelo negro rizado -hizo una pausa-. ¿Qué edad tienes, Telamón?
– Veintiséis años.
– Ya tienes cabellos grises. Sólo unos pocos, pero te dan un aspecto distinguido. ¿No dice Hipócrates en su Corpus que un físico debe inspirar confianza en sus pacientes? Tu rostro es moreno, melancólico, con los ojos muy hundidos. ¿De qué color son? -preguntó mientras se acercaba un poco para verlos mejor-. Verde claro, un poco como los míos. Tienes la nariz pequeña de tu madre. Tu labio superior es delgado, pero el inferior es más carnoso. La barba y el bigote están bien recortados -apuntó inclinando la cabeza a un lado, un gesto que a Telamón le recordó mucho a Alejandro-. El rostro de un erudito, reservado pero no ladino. De expresión solemne, aunque, creo, Telamón sabe reír. Gustas a las damas. Dime, Telamón, ¿cuál es tu vida?
– La medicina, mi señora.
– ¿Y tu esposa?
– La medicina, mi señora.
